En el zulo somos muy exquisitos a la hora de respirar. Debe ser por eso de que no tenemos luz que desarrollamos otros sentidos, en este caso nuestros apéndices nasales, como
ya comentamos hace tiempo.
Si
ayer eran las fragancias de la señora de la limpieza, hoy, con esta publicidad, recordamos nuestros tiempos en los que comíamos todos apelotonados en un pequeño restaurante del barrio, sin ventilación y sin campana extractora, del que salíamos impregnados en un grasiento olor que no déjaba títere con cabeza cuando regresabamos a trabajar al Zulo.
Sirva esta campaña para homenajear los grandes momentos que pasamos en
El Horreo, que suponemos seguirá fiel a su principio de repetir todos los días el mismo menú entre los mismos olores. Con gran eficacia, eso si.

Y ya, otro día, hablamos del gimnasio ¿eh?

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